miércoles, 18 de agosto de 2010

"El amor perfecto echa fuera el temor"


 No hay temor en el amor, sino que el amor perfecto echa fuera el temor, porque el temor ejerce una restricción. En verdad, el que está bajo temor no ha sido perfeccionado en el amor.- 1 Juan 4:18

  ¿Por que está en la naturaleza de las personas amar, luego destruir, y luego amar de nuevo a aquello que más aprecian?

Todos los actos humanos están motivados, a su nivel más profundo, por una de estas dos emociones: el temor o el amor. En realidad existen sólo dos emociones: sólo dos palabras en el lenguaje del alma. Son los extremos opuestos de la gran polaridad que existe en el universo, y en nuestro mundo, tal como hoy lo conocemos.

Todo pensamiento humano, toda acción humana, se basa o bien en el amor, o bien en el temor. No existe ninguna otra motivación humana, y todas las demás ideas no son sino derivados de estas dos. Son simplemente versiones distintas: diferentes variaciones del mismo tema.

Pensemos en ello detenidamente, y veremos que es verdad. Eso es lo que  llamamos Pensamiento Promotor. Es tanto un pensamiento de amor como de temor. Este es el pensamiento que se oculta detrás del pensamiento que, a su vez, se oculta detrás del pensamiento. Es el primer pensamiento. Es la fuerza principal. Es la energía primaria que mueve el motor de la experiencia humana.

Y he ahí cómo el comportamiento humano produce una experiencia repetida tras otra; he ahí por qué los humanos aman, luego destruyen, y luego aman de nuevo: siempre con este movimiento pendular de una emoción a la otra. El amor promueve el temor, que promueve el amor, que promueve el temor...

 Y la razón se halla en la primera mentira -una mentira que se sostiene como si fuera la verdad sobre Dios- de que en el fondo del alma (a nivel subconsciente) no se puede confiar en Dios; de que no se puede contar con el amor de Dios; de que el hecho de que Dios nos acepte está condicionado; por tanto, de que el resultado final es dudoso. Entonces, si no podemos contar con que el amor de Dios está siempre ahí ¿con el amor de quién podemos contar? Esto produce que en el fondo, incluso personas intelectualmente religiosas, se apoyen en SU PROPIO ENTENDIMIENTO y habilidades, en vez de CONFIAR DE CORAZON en un Padre que nos ama, dirige y sostiene, incluso ANTES que lo percibamos.

 Y ésta falta de confianza que nos hace creer que la vida es incierta, la llevamos al campo de nuestras relaciones personales.

... Y así es como en el momento en que prometéis vuestro más elevado amor, abrís la puerta a vuestro mayor temor.

Y ello, porque lo primero que os preocupa después de decir «Te amo» es si vais a escuchar lo mismo. Y si lo escucháis, entonces empezáis inmediatamente a preocuparos por la posibilidad de perder ese amor que acabáis de encontrar. Así toda acción se convierte en reacción -de defensa ante a la pérdida-, incluso cuando tratamos de defendernos ante la pérdida de Dios.

Pero si supiéramos Quiénes somos -que somos los seres más magníficos, notables y espléndidos que Dios ha creado nunca- no habríamos de sentir temor nunca; ya que ¿quién puede negar esa maravillosa magnificencia? Ni siquiera Dios podría criticar a un ser así que descubre su glorioso estado de Hijo de Dios (Véase Romanos 8:15).
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Pero no sabemos Quiénes somos, y pensamos que somos mucho menos. Pero esa idea distorsionada de nuestra mente no cambia el hecho de que JEHOVA nos imaginó PERSONALMENTE y dio la vida de su Hijo Primogénito por nosotros.

Fueron nuestros padres y nuestra sociedad quienes nos enseñaron que el amor está condicionado –y sin duda habemos sentido esas condiciones muchas veces- y esa es la experiencia que hemos interiorizado en nuestras relaciones amorosas.

Es también la experiencia que le aplicamos a DIOS.

Y a partir de esa experiencia extraemos conclusiones erradas sobre Dios.

No recordamos la experiencia del amor de Dios. Y así, tratamos de imaginar cómo debe de ser el amor de Dios basándonos en cómo vemos que es el amor en el mundo.

Así pues, habiendo creado todo un sistema de pensamiento acerca de Dios basado en la experiencia humana más que en las verdades espirituales, después creamos toda una realidad en torno al amor. Se trata de una realidad basada en el temor, arraigada en la idea de un Dios terrible y vengativo.

Esta realidad del amor basada en el temor domina nuestra experiencia de aquél; más aún, en realidad la crea, ya que no sólo hace que consideramos que recibimos un amor condicionado, sino también que pensamos que lo damos del mismo modo. E incluso mientras negociamos y establecemos nuestras condiciones, una parte de nosotros sabe que eso no es realmente el amor.

Debido a nuestros propios (y equivocados) pensamientos sobre el amor, sí que nos condenamos realmente a no experimentarlo nunca en toda su pureza. Del mismo modo, nos condenamos a no conocer nunca a Dios como realmente es. Al menos mientras obremos así ya que llegará el momento de nuestra Reconciliación con EL.

Cualquier acción emprendida por los seres humanos se basa en el amor o en el temor, y no simplemente las que afectan a las relaciones. Las decisiones relativas a los negocios, la industria, la política, la religión, la educación de nuestros jóvenes, la política social de nuestras naciones, los objetivos económicos de nuestra sociedad, las decisiones que implican guerra, paz, ataque, defensa, agresión, sometimiento; las determinaciones de codiciar o regalar, de ahorrar o compartir, de unir o dividir: cualquier decisión libre que tomemos se deriva de uno de los dos únicos pensamientos posibles que existen: un pensamiento de amor o un pensamiento de temor.

El temor es la energía que contrae, cierra, capta, huye, oculta, acumula y daña.

El amor es la energía que expande, abre, emite, permanece, revela, comparte y sana.

El temor cubre nuestros cuerpos de ropa; el amor nos permite permanecer desnudos. El temor se aferra a todo lo que tenemos; el amor lo regala. El temor prohíbe; el amor quiere. El temor agarra; el amor deja ir.

El temor duele; el amor alivia. El temor ataca; el amor repara.

Cualquier pensamiento, palabra o acto humano se basa en una emoción o la otra. No tenemos más elección al respecto, puesto que no existe nada más entre lo que elegir. Pero tenemos libre albedrío respecto a cuales de las dos escoger.

¿Por qué en el momento de la decisión el temor vence mucho más a menudo?  ¿Por qué?

Hemos aprendido a vivir en el temor. Se nos ha hablado de la supervivencia de los más capacitados, y de la victoria de los más fuertes y el éxito de los más inteligentes. Pero se nos ha dicho muy poco sobre la gloria de quienes más aman. De este modo, nos esforzamos por ser los más capacitados, los más fuertes, los más inteligentes -de una u otra manera-, y si en una situación determinada percibimos que nosotros lo somos menos, tenemos miedo de perder, puesto que se nos ha dicho que ser menos significa perder.

Así evidentemente, elegimos la acción promovida por el temor, porque eso es lo que nos han enseñado. Pero Jehová Dios nos enseña esto: cuando escojamos la acción promovida por el amor, entonces haremos algo más que sobrevivir, haremos algo más que vencer, haremos algo más que tener éxito. Entonces experimentaremos plenamente la gloria de Quienes Realmente Somos, y quienes podemos ser.

Para hacer esto, debemos dejar de lado las enseñanzas de nuestros bienintencionados, aunque mal informados, profesores mundanos, y escuchar las enseñanzas de aquellos cuya sabiduría proviene de otra fuente.

No obstante, el mayor recordatorio no se halla fuera de nosotros; sino que es nuestra propia voz interior. Esta es la primera herramienta que DIOS utiliza, puesto que es la más accesible.

La voz interior es la voz más fuerte con la que ÉL habla, puesto que es la más cercana a nosotros. Es la voz que os dice si todo lo demás es verdadero o falso, correcto o equivocado, bueno o malo, según nuestra definición.

Es el radar que señala el rumbo, dirige el barco y guía el viaje, si dejamos que lo haga.

Es la voz que te dice ahora mismo si las propias palabras que estás leyendo son palabras de amor o palabras de temor. Con este patrón puedes determinar si son palabras que hay que tener en cuenta o palabras que hay que ignorar.

Evitemos el miedo. Y nunca pensemos que las promesas de Dios son demasiado buenas para ser verdad. Aceptemos la más magnífica Verdad. No nos reduzcamos  a una espiritualidad que enseña el temor, la dependencia y la intolerancia, en lugar del amor, el poder y la aceptación.

Estamos llenos de temor; y nuestro mayor temor es que la mayor promesa de DIOS pueda ser la mayor mentira de la vida.

Nunca atribuyamos  rasgos diabólicos a Dios con el fin de convencernos a nosotros mismos de que no tenemos que aceptar las promesas divinas de nuestro Creador, o las cualidades divinas de DIOS.

Tal es el poder del temor.
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La emoción es la fuerza que atrae. Aquello que más temamos es lo que experimentaremos. Un animal -que nosotros consideramos una forma inferior de vida (aunque los animales actúan con más integridad y mayor coherencia que los humanos)- sabe inmediatamente si tienes miedo de él. Las plantas -a las que consideramos una forma de vida todavía inferior a los animales- responden a las personas que las aman mucho mejor que a aquellas a quienes les traen sin cuidado.

Nada de esto ocurre por casualidad. No existe la casualidad en el universo: sólo un magnífico diseño, un increíble «copo de nieve».

La emoción es energía en movimiento. Cuando se mueve energía, se crea un efecto. Si se mueve la energía suficiente, se crea materia. La materia es energía condensada, comprimida. Si se manipula la suficiente energía de una determinada manera, se obtiene materia. Todos los Maestros entienden esta ley. Esta es la alquimia del universo. Este es el secreto de toda la vida.

El pensamiento es energía pura. Cualquier pensamiento que tengamos, hayamos tenido o vayamos a tener es creador. La energía de nuestro pensamiento nunca muere. Quedará como un eco en la eternidad o será parte de la memoria de Dios para la resurrección.

Todo pensamiento se coagula; todo pensamiento choca con otros pensamientos, entrecruzándose en un extraordinario laberinto de energía, formando una estructura en continuo cambio de indescriptible belleza e increíble complejidad.

La energía atrae a la energía semejante, formando (por utilizar un término sencillo) «grupos» de energía del mismo tipo. Cuando un número suficiente de «grupos» similares se entrecruzan con otros -chocan con otros-, entonces «se adhieren» unos a otros (por utilizar de nuevo un término sencillo). Se requiere la «adhesión» de una cantidad de energía de una magnitud inimaginable para formar la materia. Pero la materia se formará a partir de energía pura. En realidad, sólo se puede formar de este modo. Una vez la energía se ha convertido en materia, sigue siendo materia durante mucho tiempo, a menos que su construcción se vea alterada por una forma de energía opuesta, o distinta. Esta energía distinta, actuando sobre la materia, en realidad la desmembra, liberando la energía originaria de la que se compone.

Esta es, en términos elementales, la teoría que subyace a nuestra bomba atómica. Einstein estuvo mucho más cerca que cualquier otro ser humano -anterior o posterior- de descubrir, explicar y utilizar el secreto creador el universo.

Ahora entendemos mejor cómo la gente de mente semejante puede unir sus esfuerzos para crear una realidad favorable. La frase de Jesús «dondequiera que dos o más se reúnan en mi nombre» adquiere así un sentido mucho mayor.

Por supuesto, cuando sociedades enteras piensan de una determinada manera, ocurren muy a menudo cosas asombrosas, no todas necesariamente deseables. Por ejemplo, una sociedad que viva en el temor, muy a menudo -realmente, inevitablemente- produce aquello que más teme.

Del mismo modo, grandes comunidades o congregaciones con frecuencia encuentran el poder de producir metas asombrosas en su pensamiento combinado (o lo que algunos llaman la oración y proyectos comunes).

Y debe quedar claro que incluso los individuos -si su pensamiento (oración, esperanza, deseo, sueño, temor) es extraordinariamente fuerte- pueden, en y por sí mismos, producir tales resultados. Jesús lo hizo regularmente. Él sabía cómo manipular la energía y la materia, cómo reorganizarla, cómo redistribuirla, cómo controlarla totalmente. Muchos Maestros lo han sabido. Muchos lo saben.

Esta es la ciencia del bien y del mal de la que participaron Adán y Eva. En tanto no supieron esto, no podía existir la vida tal como la conocemos.

Lo que más tememos es lo que más nos atormentará. El temor lo atraerá hacia nosotros como un imán. Todas nuestras escrituras sagradas -o cualquier tipo de creencia y tradición religiosa que existe- contienen esta clara advertencia: “no temáis”. ¿Crees que es por casualidad?

Las Leyes son muy sencillas.
1. El pensamiento es creador.
2. El temor atrae a la energía semejante.
3. El amor es todo lo que hay.

¿Cómo puede ser el amor todo lo que hay si el temor atrae a la energía semejante?

El amor es la realidad última. Es lo único. Lo es todo. El sentimiento del amor puro es nuestra experiencia de Dios.

Al nivel de la más alta Verdad, el amor es todo lo que hay, todo lo que ha habido y todo lo que habrá. Cuando penetramos en lo absoluto, penetramos en el amor.

Los Maestros que han pasado por el planeta son aquellos que han descubierto el secreto del mundo relativo, negándose a reconocer su realidad. En resumen, Los Maestros son aquellos que han elegido solo el amor. En cualquier caso. En cualquier momento. En cualquier circunstancia. Aunque fueran asesinados, amaban a sus asesinos. Aunque fueran perseguidos, amaban a sus opresores.

A nosotros esto nos resulta muy difícil de entender; y mucho más de imitar. No obstante, eso es lo que han hecho siempre todos los Maestros. Y podemos compartir su gloria si escogemos el AMOR.

Esta lección se nos ha manifestado de manera muy clara. Una y otra vez, siempre se nos ha mostrado. En todo tiempo y en cualquier lugar. Durante todas las vidas y en cada momento. El universo se las ha ingeniado para poner esta Verdad delante de nosotros. En canciones y relatos, en poemas y bailes, en palabras y en movimientos; en imágenes en movimiento -que nosotros llamamos «películas»- y en colecciones de palabras -que nosotros llamamos «libros»-.

Su grito se ha oído desde la más alta montaña; su rumor se ha escuchado en el lugar más recóndito. El eco de esta verdad ha atravesado los pasillos de toda experiencia humana: el Amor es la respuesta. Pero no la habemos escuchado.

Siempre acudimos  preguntándole a Dios de nuevo lo que Dios nos ha dicho incontables veces de incontables formas. Él nos pregunta: “¿Me escucharéis ahora? ¿Realmente me vais a oír?”

Si nos esforzamos en VIVIR EL AMOR, ciertamente abriremos las puertas para cambiar nuestra vida y la de nuestros semejantes.

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